“No recuerdo mi primera mentira. Queda demasiado lejos. Pero recuerdo muy bien la segunda. Tenía yo entonces nueve días y había caído en la cuenta de que si un alfiler me pinchaba y yo hacía propaganda de ello de la forma corriente, me acariciaban cariñosamente, me mecían, se compadecían de mí y además me daban una ración extra entre las comidas. Era cuestión de humana naturaleza querer conseguir tales riquezas y yo me dejé llevar. Mentí sobre el alfiler…, haciendo propaganda de uno cuando no lo había. Tú mismo lo hubieras hecho, George Washington lo hizo; cualquiera lo hubiera hecho. [...] Hasta 1867, todos los niños civilizados nacidos en el mundo eran unos mentirosos -incluido George-. Pero llegó el imperdible y bloqueó totalmente el juego, ¿pero vale para algo tal reforma? No porque es una reforma por la fuerza y no tiene en sí virtud alguna; meramente pone fin a esa forma de mentir; no destruye la disposición a mentir. Es la aplicación a la cuna de la conversión por el fuego o del principio de temperancia mediante la prohibición.”
“Satán solía decir que nuestra raza vivía una vida de autoengaño continuo e ininterrumpido. Se estafaba a sí misma desde la cuna hasta la tumba con percepciones ó ilusiones que tomaba por realidades, y esto convertía su vida entera en una impostura. De la veintena de buenas cualidades que imaginaba tener y de las que se envanecía, en realidad no poseía prácticamente ninguna. Se consideraba a sí misma como oro, y era solamente latón.”
El autor de estas citas es, en sus momentos humorísticos, Mark Twain y en los amargados, Samuel L. Clemens.