Ó tal vez el paradigma de un animal que terminará, si no se remeda.., siendo víctima de sus propias ventajas adaptativas y de su primitiva herencia. Estas van a ser unas reflexiones sobre la visión del mundo de un ser provisto de una herramienta adaptativa, su cerebro.., de sus pautas de comportamiento como animal social, así como las consecuencias disociativas que, en muchas ocasiones, producen tales ámbitos en el transcurso de su periplo vital.
Mucho se ha escrito sobre la capacidades, morfología y evolución de la herramienta -considerada primordial junto con su ejecutora: Las manos – que es el cerebro humano. Nuestro índice de enfalización, ó lo que es lo mismo el volumen cerebral en función de la masa total de organismo, es, de promedio, el más alto del conjunto de los seres vivos y ha sido el arma fundamental para nuestra llegada a lo mas alto escalafón de la pirámide biológica del planeta. Así pudieramos entender que prácticamente no tenemos enemigos naturales, salvo algún ser microscópico y paradógicamente…: Nosotros mismos. Esta particular suposición ,y presentando ya el hilo de la entrada, pudiera ser matizada en dos vertientes: De cara a nuestros propios congeneres, que vamos a llamar “social”, y otra que podríamos denominar “autodestructiva”. Por otro lado, el cerebro nos proporciona una ámbito de definición absoluta ó idealizada de conceptos y situaciones, en función de los aprendido y heredado, con que confrontar nuestras vivencias así como nuestras respuestas al medio, que comparativamente entre otras virtudes, nos proporciona una ética que está muy por encima del sentido de supervivencia del indivíduo y de la manada de la llamada “moral animal”.
El comportamiento social puede ser asimilado con facilidad a las pautas gregarias de las distintas ramas actuales y pretéritas de los catarrinos y que forman junto a los haplorrinos lo que se viene a denominar informalmente como simios, teniendo como características en la mayoría de los componentes de este grupo, una historia de asociaciones comunitarias condicionadas sobre las premisas de una estratificación jerárquica y una territorialidad sensiblemente marcada. Territorialidad que se extiende a los distintos grupos ó clanes dentro de la misma especie y que conlleva a particulares y únicas motivaciones interrelacionales basadas en evitar la endogamía y la mejora social (como por ejemplo, el emigrar de las hembras de unos grupos a otros) y que restrigen las supervivencia de la especie a la competividad entre clanes. Todas estas primitivas motivaciones, de general antropides junto con algunas mas específicas del propio ser humano, son a las que nos remitimos consciente ó inconscientemente a la hora de afrontar las distintas disyuntivas ó avatares de nuestra propia interrelación societaria.
La combinación de estos factores, muchas veces irreconciables si nos proponemos una perpectiva mas excelsa, desvocan en disyuntivas a la hora de como queremos afrontar el futuro humano. Es posible que uno de los problemas fundamentales sea que para mantener la sociedad antes “sombreada” no sea necesario disponer de un útil tan sofisticado como el cerebro humano y que su funcionalidad básica, a lo largo de los últimos miles de años, haya servido exclusivamente al ser humano para expandirse y dominar el medio, lo que me intriga es la prioridad que va a tener en los próximos decénios y cuales van a ser sus consecuencias.