Lampuzo

Noviembre 5, 2009

La percepción vital occidental.Egipto y Mesopotamia (II)

Los diferentes acontecimientos políticos en Mesopotamia y Oriente Medio que se sucedieron con anterioridad a nuestra era, tienen un hecho paradógico: La permanencia, sin prácticamente cambios, de  la primitiva religión sumerio-acadia en 4500 años.

Como se ha descrito en anteriores entradas, la cosmovisión religiosa de los antiguos mesopotámicos y egipcios fué resultado de una necesidad organizativa imprescindible con la que hacer frente a una demanda alimentaria  y que estaba definida por sus específicas circunstancias medioambientales. Esta organización, en el caso mesopotámico,  nunca fue cuestionada por los diferentes grupos étnicos – semitas, caucásicos ó indoasiáticos – que conquistaron y sometieron, en periodos mas largos ó  más cortos, las llanuras aluviales de Tigris y Eufrates hasta el punto que sólamente los dioses supremos de alguno de esos panteones “extranjeros”, caso de Assur, Marduk ó Isthar, fueron asimilados ó en el mejor de los casos – ejemplo es el Marduk/Amurru babilónico que adoptó  la forma de hijo de Enki  – se incorporaron a la cultura sumerio-acadia, al igual que sus primigénios adoradores ó por el contrario, quedaron como demonios ó  entes beneficios en manos de pueblo llano; Y la razón, mas que problable para este acontecimiento, se centra exclusivamente en mantener intacta la estructura productiva agrícola al servicio de los conquistadores. Estructura que estuvo, está y estará dirigida socialmente por unos designios divinos en manos de los sacerdotes y soportada en el poderío militar de unos reyes de misma supuesta ascendencia. Esta situación de “servilismo a los dioses” por parte de los sustentadores del sistema, sin ninguna “contrapartida” por parte de estos últimos, no cambiaría hasta  la llegada de los persas  y la promesa de Ahura Mazda:

Con su elección acertada, aquellos que obedecen la ley de Ahura colaborarán en la victoria final del Espíritu Bueno, del Señor Sabio sobre La Mentira. Deben decir siempre la verdad, repudiar la vida nómada, labrar la tierra, cultivar cereales y frutas, tratar con cariño a los animales domésticos y regar los campos secos, porque “el que no es labrador no tiene parte en la buena nueva…” (Yasna, 31,10) Y esta buena nueva será la promesa de “la vida eterna”.

Cada hombre sería responsable de sus actos sobre la tierra y tendría que dar cuenta de ellos. Estos méritos, antes descritos…, serían sopesados en un “juicio final” y si éstos compensaban sus “malas acciones”, en el cuarto día después de su muerte pasarían sin dificultad el “Puente Chinvat”, que separa este mundo de “La Casa del Canto”. En caso contrario, el punte se estrecharía al filo de una navaja, precipitándose a las profundidades de los largos ardientes de “La casa de la Mentira”

(continuará)

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