En los trabajos realizados por Grotefend, Rawlinson, Hincke y Oppert durante la segunda mitad del siglo XIX, a la hora de descifrar y catalogar los documentos cuneiformes descubiertos en el Medio Oriente, con antigüedad aproximada de 4.500 años, disponemos de la suficiente información sobre las creencias y costumbres durante ese periodo histórico, así como de las condiciones climáticas, medioambientales y culturales de la civilización urbana establecida sobre una anterior sociedad agraria donde la influencia semítica fue progresivamente introduciéndose en un sustrato sumerio. Hasta hace muy poco se pensaba que el dios supremo sumerio Dumuzi-Tammuz era una personalización divina de los ríos Tigris y Eufrates, como pudieran ser los casos de Osiris en Egipto, Adonis en Fenicia ó Attis en Frigia, siendo la representación de un nuevo primigénio dios del declive y resurrección anual de la naturaleza, pero de tipo asiático-oriental. Esta suposición no fue del todo exacta. Recientes investigaciones sobre el mitio sumerio de dios protector de Eridú, Dumuzi, nos indican que su “vuelta a la vida” no concuerda exactamente con lo que hasta ahora se suponía. Así pues aunque, Jacobsen mantiene que aún siendo esencialmente un dios protector, se postulaba como la representación de la “fuente de vida” y cuando al final de primavera este “motor vivificador” desaparece, él muere. Hoy es incuestionable que los ritos por la muerte del dios caracterizados en los cultos a Dumuzi, provienen del mito sumerio de “Inanna y su descenso a los infiernos”.
En aquellos tiempos, en Babilonia, predominaba el sentimiento de fatalidad en relación con la muerte, los enterramientos hacen referencia a la ida a un mundo sin retorno, donde incluso los héroes, ó semi-dioses como Gilgamesh.., están condenados a su extinción, “como la vegetación en verano”, independientemente de sus atributos semi-divinos. Esto es así porque los dioses decretaron que un hombre no puede ser inmortal, reservandose esta cualidad exclusivamente para ellos mismos, y cuando alguno visitaba la “casa del no retorno” se le suponía un azaroso y complicado periplo, como Isthar y Gilgamesh pudieron comprobar. Dumuzi, que originalmente fue un rey de Eridú en el tercer milenio a.c., poseedor de atributos divinos, sufrió la misma suerte en Kur ó “Casa de las Tinieblas” según la leyenda y que cuenta como fue privado de la vida eterna por intentar seducir a la diosa Inanna, reina de los cielos. Fué entonces cuando ella le miró, con el “ojo de la muerte”, y le ordenó ser conducido por los demonios a los abismos con los que los tiempos de abundancia desaparecieron. Aunque parece ser que en algunos finales de esta historia, se incluye algún añadido que habla sobre el perdón de Inanna y la consiguiente resurrección de Dumuzi.
En caso del mito sumerio de “Inanna y su descenso a los infiernos”, Inanna volvió a la vida por intermediación de Enki que para la ocasión moldeó dos criaturas Lugarru y Kalatarru a los que posteriormente envió al “mundo de las tinieblas” con el “agua de la vida” y los “frutos de la vida” para rociarla y frotarla con ellos para revivirla. En otro mito que tiene como protagonistas a Adapa, Tammuz y Ningishzida, estos son representados como los custodios de las puertas del cielo, pero aún más Tammuz y Shamash dicen ser los guardianes del árbol Kiskanu en Eridú, el cual aparece hecho de lapisĺazuli.
Eridú, donde la raza humana ha sido bendecida por el dios de los cielos Anú y propiciados en el verdor de la vida por Enki, señor de la aguas profundas, cuyo templo “La casa del buen consejo” fué allí levantado y en su jardín se guarda el sagrado árbol Kiskanu “El árbol de la vida” (posteriormente se asimiló al pino negro del Paraíso babilónico…) de donde surge el poder vitalizador de agua y se materializa en sus frutos.
Él árbol Kiskanu, por tanto, combina los poderes del cielo y de la tierra, ya que se erige sobre la Tierra , Apsu, en dirección al cielo, Anu y hunde sus raíces en las profundidades del Kur.
Referencias: “Tree of life” E.O. James.
El primero de los cinco libros de la Toráh o Pentateuco es el Génesis. Etimológicamente su nombre nos llega del griego gené-sis (γένεσις) desde el siglo V a.c. , que pasó al latín durante el siglo I d.c. como genesis y cuyo significado en castellano es generación. Su nombre en hebreo, B’reshit (בְּרֵאשִׁית), se puede traducir como “En principio” ó como “Primeramente” y proviene del primer verso del Génesis “B’reshit bara Elohim et ha’shamaim v’et ha’artez”, siendo este primer adverbio el que le dá nombre.