El mar Mediterráneo no es tanto un mar como varios mares, unidos por estrechas vías de agua entre islas y promontorios que, a menudo no resulta sencillo distinguir entre sí. El mar Jónico y la cuenca del mediterráneo occidental fueron mares de escaso uso para la navegación hasta prácticamente el siglo XVI d.c., restringiéndose la práctica maritima en el segundo milenio a.c. exclusivamente a las rutas de cabotaje – intinerarios establecidos sobre corrientes y vientos favorables – desde Rodas y Creta al norte de África, así como entre Siria y Chipre, Creta ó Sicilia., aunque término “navegación”, se aplicaba a embarcaciones de remos que utilizaban velas, aunque éstas últimas se trataran de un “gran bolsa” aprovechable exclusivamente con vientos que entraban “en popada”, con la particularidad que se trataba de una práctica estacional – aproximadamente del cinco de mayo al veinticinco de octubre, según Hesíodo – como consecuencia de la debilidad de las embarcaciones en su confrontación con los fenómenos naturales del mar.
Siendo como fueron las costas del mediterrano oriental, una de las primeras tierras encontradas durante la primera expansión de la agricultura, la degradación de los terrenos, – no exístian aportes límicos exteriores como en el caso de Oriente Medio – , la tala de árboles, así como otros fenómenos medioambientales propios del la cuenca mediterránea como la sequía y las inundaciones, nos proponen una situación, en general, de pobreza y precariedad con que se desarrolla la vida alrededor de sus costas; Por otro lado, los rebaños mediterráneos eran pequeños, en comparación con las grandes masas de animales pastoreadas en las tierras del Danubio y otras regiones mas septentrionales, que nos dá como resultado un modesto nivel económico y fuertemente condicionado al esfuerzo personal. Curiosamente, y a diferencia de otras culturas paralelas, es en las montañas donde era posible realizan una agricultura mixta – caso de Grecia donde las mejores tierras se sitúan alrededor de los 400 metros sobre el nivel de mar – aunque esto trae como consecuencia una sobrepoblación que se irá inevitablemente extendiendo por valles y costas cercanas. Se presupone , en el caso de la Grecia continental hacia el año 7.000 a.c., que las primeras migraciones de agricultores neolíticos salieron de la Anatolia y se establecieron en las llanuras de Tesalia, cultura heládica antigua, exténdiéndose tanto simultánea como posteriormente al resto de la islas con posibilidades de ser colonizadas, como fué el caso del conjunto que forman las Islas Cícladas y Creta, y que el transcurso de los tiempos y la posibilidad material, contribuyeron a la aparición de asentamientos con unas características mas ó menos diferenciadas con el resto como es el caso de civilizaciones ó culturas minóica y cicládica
Durante el comienzo del segundo milenio a.c. debe distinguirse un flujo continúo de culturas materiales, de gran diversidad de orígenes, dispersándose por Europa y por el Mediterráneo oriental. Como ya hemos comentado, entre el séptimo y sexto milenio, las sucesivas migraciones de agricultores de Oriente Medio se expandieron hacia el Norte llegando a las ricas y fácilmente cultivables tierras de la cuenca media de Danubio, desde donde se extendieron hacia el Rhin, áreas del Saale y el Elba, y hacia la cabecera del Oder, produciéndose, al unirse con las primigenias culturas ya establecidas y con el paso del tiempo, una vuelta a las agriculturas itinerantes, -posible consecuencia también de las necesidades de su proceso de migración – y que desenvocaron en dos tendencias divergentes en las economías neolíticas de la Europa templada: Los agricultores de zonas ribereñas con cultivos de trigo, en pequeña escala y un pastoreo, generalizado en las planicies del norte, semi nómada. Pero es en la primera mitad de este milénio cuando se produce un hecho importante: El comercio de metales, – La introducción de la metalurgia en Europa es posible tenga dos orígenes paralelos: Por un lado una fuente balcánica y por otro lado, a través de las estepas pónticas desde el Cáucaso – que en el caso de la Grecia continental, península del Peloponeso, Balcanes/costas de Tracia y norte de la península anatólica/costas de Caria/Milawanda y Tróade/Wilusa , hace posible que estos flujos de manufacturas tuvieran como comienzo los procesos de “trashumancia vertical” de los rebaños centroeuropeos.
Cuando buscamos la fuentes de la religiosidad de los pueblos neóliticos, y entre ellos los primitivos egéos, siempre debemos inclinarnos hacia los conceptos de fertilidad. Ya desde el paleolítico superior encontramos gran número de estatuillas talladas en piedra ó marfil que representan a mujeres con los atributos femeninos muy desarrollados. Estas representaciones son las precursoras del simbolismo vital que más tarde en el Mar Egeo y Asía menor, se asociaría a un culto de fertilidad de la “Diosa Madre” muy extendido – El dios Poseidon clásico (Potnidas/Potneidan) puede tratárse de una derivación masculina de la diosa Potnia/Potni – y que concuerda con la gran libertad social que posteriormente tuvieron las mujeres en la cultura minóica. Otro de los conceptos socio-religiosos es el “culto de los muertos” y en una posible creencia en la “vuelta a la vida” que puede ser soportada en la forma, posición y lugar de los enterramientos, que en el caso de las primitivas culturas égeas, disponen los cadáveres en las sepulturas en supuestas “posiciones fetales” dentro de los recintos familiares , como forma de facilitar un “segundo nacimiento”y que son acompañados con la colocación de ajuares.
