La visión clandestina del Universo en el siglo XVII

Durante la primera mitad del siglo XVII , nuevos pensamientos, aunque semi clandestinos, sobre la realidad del mundo bullían en Europa. La difusión de renovadas teorías sobre la estructura y composición del Universo y cuyos primeros adalides en el campo de la astronomía moderna fueron personalidades como Nicolás Copérnico – 1473-1543. Astrónomo polaco que formuló la teoría del heliocentrismo (el sol se halla en el centro del universo tal que la tierra y los planetas giran a su alrededor ) en su discutida obra fechada en 1543 “Sobre las revoluciones de las órbitas celestes”, si bien es cierto que en su prólogo admite que estas ideas ya fueron formuladas en la Grecia Antigüa por Nicetas, Filolao, Arquitas ó Aristarco – ó Juan Kepler, – 1571-1630. Astrónomo y geómetra alemán de formación copernicana, que descubrió y demostró las leyes del movimiento planetario que llevan su nombre – se desarrollaron en unos tiempos donde las teorías del siglo II d.c. expuestas por Ptolomeo de Alejandría en su recopilación de obras , Almagesto, eran dogma científico indiscutible en el año 1650, así como posteriormente , en centros del estudios tan prestigiosos como la Sorbona de París. Ésta circunstancia venía dictada por la adopción por parte de la teología cristiana del geocentrismo ptolemáico. Geocentrismo que ratificaba la doctrina bíblica de la posición central del hombre, como obra divina, en el centro del universo, hasta tal punto que los escritos copernicanos, difundidos y divulgados por Galileo Galilei, fueron oficialmente condenados por la iglesia católica en el año 1616, postulando  que la creencia en el movimiento de la Tierra era y según la sentencia: “Necia y absurda desde el punto de vista filosófico y en parte formalmente herética”.

Éste era el contexto en los círculos del saber, y del estudio de las ciencias, en Francia, cuando Pedro Gassendi – 1592-1655. Matemático, astrónomo y filósofo que revisó y divulgó las antiguas teorías atomistas griegas y más concretamente el epicureísmo frente al idealismo aristotélico y cartesiano – enseñó sus doctrinas, en privado y a escondidas, a un círculo de jóvenes parisinos entre los que se contaban Moliére y  Hercule  Savinien de Cyrano.  Éste último es el autor en 1675  de  un  relato cómico,  ó tal vez de un encubierto escrito de divulgación científica, “Historia cómica de los Estados e Imperios de la Luna y el Sol”  ó “Viaje a la Luna” y cuyo redactor será conocido posteriormente  como Cyrano de Bergerac.

«…Prefiero dispensaros (de la molestia de la demostración..) a condición que escuchéis lo que me respondió (de los movimientos de la Tierra..) lo que me respondió un día uno de nuestros padres (jesuitas..) que sostenía vuestra misma opinión: “ En efecto – decía – yo creo que la Tierra dá vueltas, no por las razones que aduce Copérnico, sinó porque, encontrándose el fuego del infierno encerrado en el centro de la Tierra, como nos lo enseña la Sagrada Escritura, los condenados que quieren huir del ardor de las llamas trepan hacia la bóveda por alejarse y hacen así girar a la Tierra, como perro que hace girar a una rueda cuando corre encerrado en ella.”

Alabamos un rato la Fé del buen Padre y, habiendo el señor de Montmagnie concluido el relato, me dijo que mucho le sorprendía que el sistema de Ptolomeo fuera ampliamente aceptado si es que es tan poco probable.

Señor – respondíle -, la mayor parte de los hombres, que no juzgan más que los sentidos, se han dejado convencer por sus ojos, y así como aquel cuya embarcación navega cerca de la tierra cree permanecer inmóvil y que la orilla se mueve, así los hombres, girando con la tierra alrededor del cielo, han creído que era el cielo quien giraba a su alrededor. Añadid a eso el insoportable orgullo de los humanos, que le hace creer que la Naturaleza no se hizo sino para ellos, como sí fuera verosímil que el Sol, un cuerpo enorme, cuatrocientas treinta y cuatro veces mayor que la Tierra, (En realidad la masa solar equivale a 330.000 veces la de la Tierra aprox.) no se hubiera encendido más que para madurar sus nísperos y acogollar sus repollos. Yo, bien lejos de aprobar la insolencia de los brutos, creo que los planetas son mundos alrededor del Sol, y que las estrellas fijas son también soles que tienen planetas alrededor, es decir mundos que no vemos desde aquí a causa de su pequeñez y porque la luz que reciben no puede llegar hasta nosotros. Pues ¿Como, en buena fé, imaginar que tan espaciosas esferas no son sino grandes espacios desiertos y que la nuestra, porque nosotros, cuatro orgullos pelagatos, nos arrastramos en ella, fue construida para gobernar sobre los demás? ¡Cómo..! ¿Porqué el Sol acompasa nuestros días y nuestros años se ha de decir que no fué construido sino para que no nos demos con la cabeza en las paredes? No, no; si ese dios visible ilumina al hombre es por casualidad, como por casualidad ilumina el candelabro del rey al mozo del cordel que pasa por la calle.

Pero – dijo él – sí, como aseguráis, las estrellas fijas son otros tantos soles, podría uno concluir que el mundo fuera infinito, pues es muy improbable que los habitantes de esos mundos que se hallan alrededor de una estrella fija que vos tenéis por el Sol vean también sobre sí otras estrellas fijas que nosotros no podemos percibir desde aquí, y que eso se repita indefinidamente.

Ni lo dudéis – repliqué – De la misma manera que Dios pudo hacer el alma inmortal, pudo hacer al mundo infinito, si es que la eternidad es duración sin límites y el infinito duración sin fronteras. Y, además, que Dios mismo sería finito si el mundo no fuera infinito, puesto que no podría estar donde no hubiera nada ni podrá aumentar la magnitud del mundo sin añadir algo a su propia extensión, empezando por estar allí donde no estaba antes. Hay que creer, por tanto, que así como desde Saturno y Júpiter, si nos en el uno o en el otro, veríamos muchos otros mundos que desde aquí no vemos, y que el Universo ha sido indefinidamente construido de tal suerte.

A fe mía – replicó él – que digáis lo que digáis no puedo comprender del todo eso del infinito.

¡Ea! -repuse – Decidme; ¿Comprendéis mejor la nada que se halla más allá? En absoluto. Cuando pensáis en esa nada, la imagináis al menos como si fuera viento, aire, y eso es algo; pero el infinito, si no lo comprendéis en su conjunto, al menos lo concebís por partes, pues no es difícil imaginarse la tierra, el fuego, el agua, el aire, los astros. Ahora bien, el infinito no es sino un tejido sin límites de todo eso. Y si me preguntáis de que manera se ha hecho esos mundos, puesto que la Sagrada Escritura habla solamente de uno que Dios creó, yo os responderé que no habla más que del nuestro porque es el único que Dios ha querido tomarse la molestia de hacer de su propia mano, mientras que todos los otros que se ven o no se ven suspendidos en el azul del Universo no son sino la escoria de los soles que se purifican. Pues¿Como esas grandes hogueras podrían subsistir si no tuvieran ligadas a alguna materia que las alimente? Ahora bien, así como el fuego arroja fuera de sí las cenizas que lo ahogan, así como el oro refinándose en el crisol se separa de la marcasita (pirita ferruginosa) que rebaja su pureza, y así como nuestro corazón se desembaraza por el vómito de los humores indigestos que le atosigan, así el Sol escupe cada día y se purga de los restos de materia que alimenta su fuego. Pero, cuando haya consumido toda la materia que le sustenta, no os quede duda que se extenderá por todas partes buscando otros pastos y que la emprenderá con todos los mundos que construyera anteriormente, en especial aquellos que hallará más cerca; Entonces, los arrojará otra vez en revoltijo por doquier como antaño y, paulatinamente purificado, comenzará a servir de Sol a esos pequeños mundos que habrá engendrado expulsándolos de su esfera. Esto es lo que hizo predecir a los pitagóricos el Incendio Universal »

Nota: “El Incendio Universal” es una versión de la escuela de Pitágoras, sorprendentemente parecida, de lo que actualmente conocemos como el fenómeno del “Big-Bang”.

Referencias:

“Historia cómica de los Estados e Imperios de la Luna y el Sol”, Cyrano de Bergerac, 1675  ( traducción y notas  de Pollux Hernúñez)

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