Mitología mesopotámica: Entre la vida y la muerte. Generalidades

Representación de un “mago” o “hechicero”. Periodo Paleolítico. Cueva de “Les Trois Feres” en Aeige. Francia

Dado que las proposiciones sobre el “transito entre la vida y la muerte” son tan antiguas como la propia humanidad, y estos a su vez tan pretéritos como las propias creencias , parece evidente que resulta en extremo complicado buscar los orígenes de tales percepciones ante la ausencia de información contrastable. Dicho esto, pudiera ser de razón  la existencia, soportado en documentados credos posteriores, de un nexo o nudo conductor ligado a los ciclos de la Naturaleza y la Fertilidad en su proceso de “regeneración”, que a su vez se soportan sobre antiquísimas conceptualidades animistas basadas en el intento de  dar explicación a ese mismos sucesos que ocurrían en su entorno. De ésta guisa, aparecen en las ancestrales culturas humanas entes que poseían la “esencia del poder” sobre determinado aspectos naturales, teologías ctónicas, y que, por tanto, incidían directamente sobre la supervivencia de los diferentes clanes y tribus. De forma paralela a lo anteriormente expuesto, se suceden rituales hacia  antepasados, dirigentes u hombres preeminentes, ya fallecidos, de cuyos conocimiento o comportamiento se habrían excelsamente beneficiado el conjunto de éstas sociedades primitivas y que son consultados para su consejo en su final residencia en un mundo oscuro y desconocido tras la muerte:  El mundo del “Mas Allá”.

Todas estas creencias ritualizadas, y con posterioridad, formarían el núcleo central de las religiones, y que en un primer estadio,  irán conformando un extenso panteón de dioses y espíritus que personificarían los distintos aspectos de la relación del hombre con la vida y la muerte como acto de supervivencia. Éste escenario de ritualidad,  haría necesario la existencia de una “cadena de transmisión”  entre estos dos mundos o lo que es lo mismo: Alguna “cualidad” de la personalidad que transcendiera y englobara ambos aspectos, permitiéndole “ponerse en comunicación” con aquellos.  Un aspecto  que, por evidencia,  debería ser su esencia como entidad viva y que nos conduce a una temprana noción de “espíritu” o “alma inmortal”. Un espíritu que, la observación de tales hombres probablemente, se identificaría con la ausencia o no de respiración de una persona y que invitaría a pensar en algo “sustancial”, o “halo de la vida”,  que abandonaría el cuerpo.

Representación de una mujer, posiblemente una Diosa-Madre. Periodo de Samarra. año 6000 a.c. aprox. Museé du Louvre

Como contrapunto a la ritualidad paleo-neolítica narrada anteriormente y dentro del contexto del Mediterráneo Oriental y sus regiones afectas, y  tras las incorporación de las culturas nómadas en el IV-III milenio a.c., se puede apreciar una diferenciación entre las percepciones sobre la Vida y la Muerte: Así, podríamos distinguir dos corrientes de creencias principales, con sus diferentes matices diferenciadores, y un contrapunto: Por un lado,  las vinculadas al Levante Mediterráneo y las mesopotámicas posteriores, a las que se une el pensamiento egipcio. Un pensamiento egipcio que habilitará un concepto transitorio del hecho de la vida como preludio a una vida plena en el “Mas Allá” a manos de la gracia faraónica,  al  ser,  ésta personalidad proto-divina,  la  única, durante las primeras dinastías, destinada a reunirse en la inmortalidad con los dioses. Las mediterráneas, evolucionadas desde explicaciones anteriores al Neolítico, con sus cultos a las diosas-madres y su concepto de “regeneración/resurrección” tras la Muerte; y por último , la evolución  mesopotámica desde los anteriores cultos sumerios y a los que se le unirá y sobrepondrá las percepciones de los pueblos semitas orientales y occidentales. Un pensamiento basado en dioses astrales con divinidades supremas masculinas y donde el  “Mas Allá” es un punto terminal y sin retorno.

« (36) A la casa que no abandona quien entró en ella. Por el camino que no tiene regreso. Donde el polvo es su alimento y la arcilla su sustento; donde no ven la luz y viven en la oscuridad; donde visten plumas, como los pájaros; Donde el polvo y el silencio lo cubre todo…» Descripción del “Más Allá”· Pasaje de la “Epopeya de Gilgamesh”. Tablilla VII. 36-39. Versión de la Biblioteca de Ašurbanipal.

Ésta  anterior versión, una recopilación sobre relatos mucho más antiguos,  nos dibuja la percepción del “Inframundo” para las culturas semito-sumerias mesopotámicas, así como una descripción de la ánimas/espíritus residentes en el “Kur-nu-gi-a” o “Ki-gal”, el llamado “País del No Retorno”  y que estaba situado en la segunda contra bóveda del Universo rodeado de siete murallas  y por debajo del “Reino del Apzu”. Un “Más Allá” que no contempla las actuales interpretaciones judeo-cristianas y musulmanas sobre un “Cielo” y un “Infierno”.  Es más,  aunque su diosa regente, Ereshkigal, dispusiera de un consejero  denominado Namtar y sus “Petû” para guardar las “Siete Puertas del Inframundo” (Kramer-Botteró, 1989), en ningún momento sus atribuciones eran comparables con las concepciones basadas en la actual demonología o angelología. El protagonismo de éstos guardianes se ceñía,  en exclusividad,  en evitar que las “almas” o “espíritus” regresaran al mundo de los vivos – Su regreso solía tener terribles secuelas al tomar la consideración de “entidades” que poseían a personas vivas en su deseo de volver a la Vida -, no poseyendo atribuciones punitivas sobre los espíritus allí constreñidos. Un caso similar, y como posterior adaptación a éstas creencias, lo constituía el dios Ningišzida en su papel de “guzalû” o “detentor” de las almas que difícilmente conseguían traspasar  esas puertas. Una nueva “titulación” para el antiguo guardián de las “Puertas del Cielo” del dios supremo Anu debida a la proliferación de supuestos pactos con Nergal, dios del Inframundo, por parte de hechiceros y brujas de la época, como consecuencia de la aceptación de determinadas tradiciones semíticas, mitannas  e hittitas, donde era posible, con la intermediación de tales personajes,  invocar al espíritu de un fallecido  y manipularlo.

« Saúl se disfrazó, vistiéndose con otras ropas, y acompañado por dos hombres fue a visitar a aquella mujer. Y le dijo: – Te ruego  me adivines la suerte, y hagas venir a quién yo te diga – (…) ¿A quién quieres que haga venir? contestó la mujer. – Llámame a Samuel – dijo Saúl (…) ¿Que aspecto tiene? preguntó Saúl. – Es un hombre anciano, vestido con una capa – respondió ella. Saúl comprendió enseguida que era Samuel, y se inclinó hasta tocar el suelo con la frente. Entonces le dijo Samuel: ¿Para que me has molestado, haciéndome venir? » Samuel 28, 8-15 Biblia Reina-Valera 1960.

En definitiva hablamos de un “reino” donde únicamente la “parte divina” del hombre,  fruto del sacrificio  del dios Quingu permanecería eterna – Kingu era el cabecilla de los “Igigi”, dioses del Apzu, en la revuelta contra los dioses del Cielo, “Anunnaki”, que los esclavizaban y en la que se convino, por mediación de Enki/Ea, la creación del hombre para sustituirlos – . Éste “espíritu” o  parte inmortal  es lo que se denomina en sumerio-acadio “ekimmuy que  literalmente significa “lo que es arrebatado”. El ekimmu, y ya formando parte de la tradición neo-babilónica,  es  la esencia de la vida que es arrancada del cuerpo por otros seres de carácter divino:  Los demonios. Unos demonios que representan la enfermedad, como castigo de los dioses ante las iniquidades de los hombres,  y que podría conducir a la muerte  Un epónimo de demonio en lengua acadia es  “ekkimu[m]“,  “El arrebatador”.

El ciclo de la “Vida y la Muerte” mesopotámico conserva, en contrapunto a la egipcia, mas generales premisas neolíticas. La evolución de las creencias que tienen su origen en los conceptos de Fertilidad representados por la “Diosa-Madre”,  se mantuvieron, durante varios siglos, personificados en las diosas Inanna/Ishtar. Una situación que vendría dada, tal vez, por una circunstancia biológica, a diferencia de la egipcia:  La irregularidad de los ciclos de crecida del Tigris y del Eufrates a diferencia de los del Nilo.  Tal pudiera ser su relevancia, por motivos organizativos, que derivaron en la  prerrogativa de una jefatura única de carácter divino. En el caso egipcio,  el “alma” o “ka” , con excepción del faraón, no formaba parte en vida del individuo sino que era entregada por Osiris tras su Juicio Divino – Conclusión que tampoco era constituyente de las  primitivas creencias sobre la “Vida y la Muerte” con anterioridad a la XVIII dinastía – y que permitía a los bienaventurados disfrutar de la “Vida Celestial”, ya que , y como hemos comentado,  para los egipcios la “vida terrenal” no era mas que una “pseudo-vida” o “antesala” a la “Vida Plena” junto a Osiris.  Ésta primordial diferencia dogmática con los cultos mesopotámicos, tal vez, podría relacionarse, junto con el aislamiento evolutivo que supone las características propias del Valle del Nilo,  con la realidad que supone la  irregularidad de las crecidas del Tigris y el Eufrates y que quedaría reflejada en la necesidad de una “renovación de confianza” o “resurrección anual”  hacia el dios Dumuzid/Tammud y sus sosías – Ningishzida de Gishbanda, Ishtaran de Der ó Damu de Isin ó Larsa – ,  y que mantendría, en sus  analogías y por algunos siglos, los anteriores cultos a la Diosa de la Fertilidad neolíticos. Rituales que eran representados  por el sacerdote/rey de la ciudad y una sacerdotisa del culto a Inanna/Ishtar –  teogonía de Eridú, de carácter cósmico y propiamente sumeria, que queda plasmada en “El Descenso de Inanna al “Inframundo” y otros poemas del “Ciclo de Dumizid -, siendo semejantes en su liturgia a otros cultos mas mediterráneos, caso de los ugaríticos y anatólicos.

Por otro lado,  resulta evidente la persistencia en la realidad religiosa mesopotámica de un sustrato de creencias en torno a la “resurrección” o “reencarnación” que deben ser desvinculados de los cultos matriarcales y  si anotados en los dogmas semíticos, donde los espíritus de los muertos eran “acechadores” de los vivos. Un hecho que vendrían rubricados por la existencia de ritos prohibidos, con el consentimiento punitivo de los dioses,  en manos de brujas y hechiceros:  “Las posesiones”. Según estas creencias, los hechiceros eran capaces de hacer “volver a la vida” a un difunto mediante la vuelta a su propio cuerpo o la “ocupación” de otro diferente y cuyas premisas desbocaron en las actuales percepciones sobre “posesiones de espíritus”. Posesiones esprituales cuya actual liturgia exorcista judeo-cristiana está basada en los rituales semíticos, como así lo atestigua la lectura de los “textos Shurpu”  neo-babilónicos.

Alegoría íslámica persa del “pesaje de las almas” y del coránico/zoroástrico puente Sarat/ Chinvat.

Desde el punto de vista de la religión mesopotámica de origen amorrito-acadia, y que trascenderá a varios milenios, el hombre, como entre creado en exclusiva como proveedor de los dioses en la Tierra y por convenio de éstos, no tiene ningún derecho a la “Inmortalidad” . Esta premisa filosófica y su adaptación teológica vienen reflejados en los diferentes textos de la “Epopeya de Gilgamesh” – Si bien la parte que incide sobre la  “inmortalidad”, no forma parte del texto original sumerio, sino que es una incorporación posterior del I milenio a.c., y donde se vislumbran evidentes cambios teológicos –. En el relato, Gilgamesh, al que se le define como poseedor de dos partes divinas y una humana, como descendiente de Utnapishtin, el “Noé sumerio”, se hace acompañar de Enkidu, su “alter ego”  estrictamente humano, el cual tiene dos proféticos sueños relacionados con un sombrío “Mas Allá” donde ve su propia muerte , así como su viaje al “Inframundo”, y donde es transformado en un “ser emplumado” por un “hombre-pájaro” que le acompaña en su camino.  Tras la visión de estos sueños, Enkidu,  cae enfermo y es dado por muerto, hecho que hace consciente al héroe mitológico de su propio destino, haciéndole emprender la búsqueda del don de la inmortalidadBúsqueda que incluye su propio viaje al “Mas Allá”  para encontrarse con un ancestro, y donde describe un “oscuro túnel” que termina en una luz brillante cuyo traspaso le permite “revivir”. En su encuentro con Utnapishtin, su ancestro,  éste le revela que debe permanecer despierto “siete días y seis noches” para conseguir el placet de los dioses – periodo que corresponde, según el  mito sumerio, a los días de permanencia del  diluvio Universal y que debe traducirse como una cantidad “incontable” de días –  Ante la imposibilidad  de afrontar el reto,  Gilgamesh, y como consolación consigue la revelación de una raíz submarina cuya esencia contiene el “Elixir de la Eterna Juventud”, pero  tras conseguirla Gilgamesh , en su viaje de regreso, deposita la planta a su lado para hacer su abluciones antes de entrar en la ciudad de Uruk, momento que es aprovechado por una serpiente para apoderarse de ella – En la mitología sumeria, la “muda de piel” de la serpiente representaba su “Vuelta a la Vida” y como símbolo de tal es representada -.  Serpiente que nos vuelve a enlazar con los ritos funerarios neolíticos  reencarnativos que tienen a la Diosa-Madre como protagonista.

Estas explicaciones sobre lo efímero de la vida, el concepto de “alma” y la descripción del “Más Allá” perdurarán en Mesopotamia y sus zonas de influencia, extendiéndose en paralelo por las culturas mediterráneas helénicas,  hasta la llegada de las corrientes de pensamiento zoroástricas y mitraístas con las invasiones persas y sus premisas teológicas sobre la existencia de un Cielo y un Infierno para los hombres.

>« La Mujer (Inanna) plantó el árbol con sus pies, que no con sus manos. La Mujer lo regó con sus pies, que no con sus manos. Ella dijo ¿Cuando será esto un trono (reino) en el cual pueda yo sentarme..? ¿Cuando será esto un suntuoso reposo en el que yo pueda descansar..? Cinco, diez años pasaron, (y) el árbol creció frondoso, y su corteza no se rasgó. En sus raíces anidó la serpiente que es inmune a las conjuros (enfermedades). En sus ramas el pájaro Anzud descubrió a sus polluelos. En su tronco, la sirvienta fantasmal (la muerte) construyó su casa, una criada que rie con un corazón alegre.. Entoncés la divina Inanna, lloró..» Pasaje de Gilgamesh, Enkidu, y el Inframundo, 36-46, Versión  sumeria de Nibru/Urim.

Referencias:

etcsl.orinst.ox.ac.uk

Imágenes:

mindfulessays.blogspot.com

en.wikipedia.org

 

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